Creo que, independientemente de si uno es o se considera fuerte o débil, nunca se es 100 % inmune a caer en las garras de un manipulador. La clave está en que no nos someten por la fuerza, nos enredan en sus redes de pensamientos lógicos y sensatos. Hay ciertos patrones que uno puede quizás distinguir temprano, eso es, claro, cuando ya se ha vivido la experiencia del sometimiento. Solo ahí uno puede detectarlos.
Por ejemplo, en primer lugar, un manipulador siempre tendrá el don de gentes, si es de los buenos. El poder de la comunicación de ideas fundadas en una falsa empatía por nuestros padeceres particulares y universales. Y segundo, y es casi lo mismo, la habilidad de leer y distinguir arquetipos. Esta lectura les permite discernir la especie más vulnerable a sus sortilegios. En otras palabras, el poder de la seducción y el poder de la deducción.
Al comienzo es, como uno sospecha, una ceguera profunda. Se es incapaz de distinguir estar cayendo sobre el manto, lento pero continuo, de un agujero negro. De hecho, nunca llegamos a darnos cuenta; incluso al final, uno continúa con la duda eterna de si realmente se puede ser tan estúpido como para caer en la estafa de un meticuloso plan. La parte que cuesta creer es que efectivamente exista un plan, que exista la intención de creación y ejecución de un plan de sometimiento.
Sin embargo, el manipulador lo gestiona tan fácil como respirar. Puedo confirmar que lo idean en el plano inconsciente, disfrazados de objetivos de superación. Al ser confrontados con ellos, con pruebas fehacientes, puede suceder que tengan un momento de lucidez y se sientan avergonzados. Son momentos poco probables, pero contribuyen a cambiar la perspectiva de uno para con ellos; momentáneamente, uno puede verlos por lo que son, seres pequeños y miserables. Especialmente evidente en sus discursos, en donde atribuyen culpas y señalan culpables. La contrapartida de esto es que esta efímera visión, en consecuencia, nos hace vernos aún más pequeños a nosotros; una vez más hemos sido capaces del engaño, han ganado sobre nosotros, una vez más. Incluso cuando pierden, ganan.
Cuando el plan se ejecutó y funcionó, se dice que entramos en un estado de obnubilación, todos nuestros sentidos vulnerados. Se tiene la creencia de que uno está en lo correcto y el resto, todos equivocados. La gravedad de este estadio es que, si se pierde rápido el hilo, se pueden accionar una serie de eventos que podrían no ser reversibles. Comienza a acrecentarse la figura del manipulador y, rápidamente, uno mismo genera las condiciones para su propia alienación.
Fuertes o débiles, hay un carácter específico que conduce al sometimiento. Esto es, las ideas de uno mismo que no se saben con certeza, la inseguridad que radica en lo que creemos ser y en lo que podemos ser. Desafortunadamente, aseguro que no existe una persona en la faz de la Tierra que tenga la certeza de saber quién es. Por lo que retomo mi idea original: uno no es lo suficientemente fuerte o débil para resistirse.
Quizás el error esté en pensar que el sometimiento comienza y termina en la relación entre dos individuos. Que existe un manipulador y existe alguien susceptible de ser manipulado. Pero nadie aprende a ejercer el poder en el vacío. Tampoco aprendemos a someternos sin antes haber conocido, de una u otra manera, la experiencia de la subordinación. Hay algo anterior a ese encuentro, algo que nos precede y que, sin advertirlo, contribuye a determinar el lugar que ocuparemos en él.
Antes de reconocer estas dinámicas en nuestras relaciones, probablemente ya las hayamos aprendido en algún otro lugar. El período entero de crianza es el más importante. Es el primer espacio en donde uno aprende quién tiene autoridad, quién puede imponer su voluntad, quién tiene derecho a enojarse, quién tiene que ceder, quién debe pedir perdón. Observar a los padres en estado de obnubilación y sometimiento plantará a muy temprana edad la semilla de la inseguridad. Y si encima, los roles de sometido y sometedor se replican en ambas figuras paternas, aquí hay un cultivo seguro para una réplica.
Luego, afuera del seno familiar, donde dibujamos con el mismo lápiz los vínculos con los otros, comienza a repetirse una y otra vez la lógica de estas relaciones. Se reproduce en el mundo la posibilidad de esta estructura vertical de sometimiento.
Pero, sin ánimos de estudiar a fondo el origen, hago uso de este texto para mi objetivo último: el final. Salir de la tormenta de polvo, usualmente luego de haber tenido que habitar lugares de penumbra, donde se llegó al fondo del fondo. Donde comienza el viraje, la patada al suelo que nos direcciona en un nuevo sentido, el correcto. Por supuesto que existen diferentes herramientas para alcanzarlo, y no soy ecuánime sobre ninguna de ellas, pues para mí siempre ha sabido ser la terapia psicoanalítica la única que proporciona una salida limpia. Aunque estoy segura de que existen otras, todas deben llevar consigo un trabajo largo de introspección y voluntad.
Una vez cruzada la línea, uno tiene la sensación de haber salido de un estado de hipnotización. Y efectivamente así fue. El hipnotizador ya no posee los atributos que antes le habíamos otorgado. Y es más, podemos ver su miseria, sobre todo al intentar replicar las conductas con las que exitosamente lograban someternos. Podríamos sentirnos avergonzados, desdichados por el tiempo perdido y tristes al ver en lo que nos han convertido. Pero no nos sentimos así, nos sentimos poderosos. Por primera vez en mucho tiempo, hemos recuperado un poder nuestro, casi ancestral. Hay un sentimiento de victoria. Hemos sido liberados y, al deshacernos de esta ceguera, somos capaces de ver los hilos que todo este tiempo estuvieron forjando al mundo, somos capaces de ver estos hilos abajo nuestro, arriba nuestro, y atravesándonos en todas direcciones. Hemos ganado algo importante: la sabiduría para no ser siervos nunca más.
Pero quizás la verdadera dificultad no esté en aprender a no ser siervos, sino en evitar convertirnos en amos. Porque el poder no necesariamente desaparece cuando dejamos de padecerlo. A veces, simplemente, se desplaza. Verán, correrse del lugar del sometido no significa necesariamente salir de la lógica del sometimiento. Si algo, estas nuevas certezas, nuestras y del mundo, nos tientan a diario para repetir la lógica del poder; y con nuestras nuevas herramientas, imponernos sobre el más débil es ahora más fácil. Todos somos potencialmente las dos caras de una misma moneda, ambas midiendo incesantemente la figura de lo otro, con la intención de clasificarlo en sujeto u objeto, para así saber si puede ejercer o si, en cambio, le toca ser el ejercido.
Nos gusta pensar que existen dos figuras claramente diferenciadas: de un lado, quien somete; del otro, quien es sometido. Quizás porque esa distancia nos permite reconocernos siempre del lado correcto. Pero, ¿cuánto de lo que rechazamos en el otro somos capaces de reproducir cuando tenemos la oportunidad de ocupar su lugar? La verdadera emancipación no consiste solamente en dejar de estar sometido, sino en dejar de necesitar someter.
Con este nuevo discernimiento, surge inevitablemente una nueva obligación que no consiste únicamente en señalar a quienes ejercen el poder sobre otros, también exige una mirada hacia nosotros mismos. Nuestra mayor responsabilidad quizás no sea solamente impedir que vuelvan a someternos, sino evitar convertirnos en aquello de lo que tanto nos costó liberarnos. La victoria no puede consistir en ocupar el lugar que antes ocupaba quien nos sometía.
Cumplimos ahora un nuevo rol: el de repartir este conocimiento al mundo, ofrecer nuestra vasta sabiduría para abrir nuevos ojos. Porque de poco sirve haber reconocido las formas del sometimiento si no somos capaces de advertirlas allí donde todavía operan.
Finalmente, hemos descubierto que esos hilos han forjado el entramado de todas nuestras redes. Entonces, nuestra tarea no puede ser otra más que la de descubrirlos, identificarlos, intervenirlos, compartirlos, enseñarlos, liberarnos. Hacer de este descubrimiento una herramienta colectiva, poner en palabras aquello que durante tanto tiempo permaneció oculto. Porque la libertad no puede ser un privilegio individual, ni una conquista que se agota en la propia experiencia. Tiene que ser una posibilidad colectiva. Unirnos entonces, ser la nueva resistencia. Tomar cartas en el asunto, hacer patria.


